Manu Ginóbili:

la construcción de la leyenda

El desconocido del Draft que domó Europa

Atrás habían quedado sus primeras tres temporadas en la Liga Nacional de Argentina, siendo un joven que empezó a llamar la atención de todos en sus pasos por Andino de La Rioja y Estudiantes de su Bahía Blanca natal. En 1998, Manu Ginóbili abrió las alas y partió hacia Italia hecho una gran promesa. Lo recibió Reggio Calabria, en la segunda división. Y desde ahí la evolución fue constante. De hecho, en su primer año fue clave para al ascenso a la A1, promediando 17,9 puntos, 2,8 rebotes y 1,5 asistencias, siendo un chico de apenas 21 años.

Pero antes del debut en la temporada 1999-2000, hubo un hecho que, con el tiempo, se convertiría en una de las movidas más maravillosas de la historia del Draft de la NBA. En la segunda ronda, con el penúltimo pick (57° general), San Antonio Spurs elegiría a Manu. En ese momento, para el mundo de Estados Unidos, era un total desconocido. Pero no para RC Buford, quien lo había seguido durante un tiempo largo. 

Manu se quedaría, de todas maneras, un tiempo más en Italia. Lo que hoy se conoce como "draft and stash". Algo totalmente común en estos días, pero atípico en aquel entonces. Vaya si salió bien. En su segunda temporada en Calabria, y primera en la máxima categoría italiana, Ginóbili no sintió la transición y también se destacó, con promedios de 17,8 puntos, 3,4  rebotes y 2,4 asistencias. Pero le esperaba un salto más.

El poderoso Kinder Bolonia lo contrató después de sufrirlo en los playoffs, y Manu se hizo grande en un plantel con muchos históricos y experimentados. Llegarían dos años mágicos, llevando su juego a otro nivel de la mano de Ettore Messina como entrenador (luego sería su asistente en los Spurs), y ganando títulos. Varios títulos. Dos Copa Italia, más el doblete Euroliga y Liga Italiana en 2001, siempre como MVP de la competencia. En la 2001-2002, la Lega lo vio promediar 19,9 puntos, 4,3 rebotes y 2,2 asistencias en 32,3 minutos. Lo vio hacer cosas maravillosas, siendo ídolo máximo en un club que marcó una época. 

El sueño, el debut, el respeto entre veteranos y el título

29 de octubre de 2002. Lejos está de ser una fecha más. Esa noche, Manu Ginóbili hacía su debut (soñado) en la NBA. Enfrente, unos Lakers con el tricampeonato latente, con Kobe Bryant dispuesto a darle la bienvenida a MG en el Staples Center de Los Angeles. Ginóbili terminaría con 7 puntos, 3 asistencias y 4 robos en 20 minutos de la victoria de los Spurs. Un primer paso sólido, un presagio de lo que se vendría.

No fue fácil el camino. Ginóbili pasó de ser dueño de Europa y opción principal en Bolonia, a ser uno más en aquel equipo de San Antonio. Con una forma de juego distinta, alejado de la pelota y las principales decisiones, y en una estructura con veteranos de mucha experiencia y jerarquía. Estaba David Robinson, Bruce Bowen, Steve Kerr... Y las firmas seguían. Algunos dudaban sobre su adaptación, pero Manu transformó las dudas a su manera: con trabajo, con constancia, con determinación y carácter para torcer el rumbo de la historia. No importaba cuán difícil era el camino y el contexto al que ingresaba. 

Ginóbili se terminó ganando el respeto total de aquellos Spurs de Popovich. Incluso, el de un Pop al que le sacó muchísimos dolores de cabeza por esa particular forma de jugar de Manu, opuesta al estilo "estructurado" que tenían los texanos. Con el tiempo, el entrenador entendió que eso era lo que lo hacía especial. Y así, por supuesto, es que terminó haciéndose un hueco importante en una primera temporada que terminaría con la gloria absoluta. 

San Antonio se consagró campeón de la NBA tras vencer a New Jersey Nets en las Finales. Y un Manu de 25 años se terminaría haciendo valioso en aquella estructura llena de jerarquía. De hecho, sus números de los playoffs (9,4 puntos, 3,8 rebotes, 2,9 asistencias y 1,7 robos en 27,5 minutos) fueron superiores a los de la fase regular (7,6, 2,3, 2 y 1,4 en 20,7 minutos). Es más, anotó arriba de los 10 tantos en los últimos tres partidos de la serie decisiva ante los Nets. 

Un argentino, en la cima del mundo NBA. Era el primer paso de Manu entre las estrellas. Era apenas el comienzo de la leyenda que vendría. 

La leyenda de la Generación Dorada

Cuenta la leyenda que hubo un equipo que cambió el mapa de un deporte. Un equipo de grandes jugadores, pero sobre todo un equipo de hermanos. Hermanos de camiseta. Un bloque sólido y cuyo mayor legado trasciende los resultados, incluso cuando estos resultados son los mejores que se podrían lograr.

Los Juegos Olímpicos 2004 fueron un antes y un después para todos. Para la historia del básquet (y el deporte) en Argentina, pero también para Ginóbili. El seleccionado nacional llegó a Atenas con el dolor de aquella final perdida ante Yugoslavia en el Mundial de Indianápolis 2002, aquel torneo en donde se había transformado en el primer equipo de la historia en ganarle a un conjunto de Estados Unidos formado por 12 jugadores de la NBA. Y desde el estreno se empezó a gestar algo especial. Todos conocen "la palomita", ese doble milagroso de Manu para ganarle sobre la hora a Serbia y Montenegro (ex Yugoslavia) en el debut. Era la primera pincelada de algo mágico. 

Argentina fue irregular, pero avanzó de ronda, se sacó de encima a la durísima Grecia en cuartos de final y se encontró con Estados Unidos en las semifinales. Un Dream Team con Allen Iverson, con Tim Duncan, con los jóvenes LeBron James, Dwyane Wade y Carmelo Anthony. Un equipo con la sangre en el ojo por aquella caída en casa de dos años atrás. Un equipo que lejos estuvo de frenar a un verdadero equipo. 

Eso fue Argentina. Un equipo con todas las letras. Un conjunto que hizo un partido perfecto y controló de principio a fin a las figuras norteamericanas. Y Ginóbili fue la máxima estrella dentro de aquella versión lujosa. El bahiense terminó con 29 puntos (9-13 campo, 7-8 libres), 3 rebotes y 3 asistencias para liderar aquel histórico 89-81 para avanzar a la final olímpica. 

Tan grande fue la determinación de aquel equipo que Italia no tuvo chances en la final. El 84-69 no termina de graficar cómo controló todo el conjunto nacional. Era la gloria máxima. Argentina campeón olímpico. Una medalla de oro en el pecho, el himno en el podio después de bajar a las estrellas que parecían invencibles en las etapas previas. Dos cachetazos en dos años ante un Estados Unidos que, desde ahí, comprendió que tenía que refundarse para volver a dominar. Con el tiempo lo logró, pero sólo después de los golpes que recibió ante Argentina. 

"Ginóbili y Argentina refrescaron la memoria y mostraron las lecciones y valores que el seleccionado de Estados Unidos necesitaba recuperar. USA Basketball respondió y se revolucionó, pero a Ginóbili siempre se le deberá un gesto de gratitud por mostrar el camino", escribió en su momento Adrian Wojnarowski, periodista top de Estados Unidos, sobre lo que representó Argentina en el cambio cultural norteamericano.

Un seleccionado argentino que, desde allí, se transformó en la Generación Dorada. Donde Manu tiene su lugar de privilegio, pero donde al mismo tiempo es parte de un grupo cuyos egos fueron enterrados por el bien colectivo. Una generación que consiguió la mayor hazaña deportiva del país, pero que, decíamos, es más importante por sus valores y formas que por los resultados. Una generación que predicó con el ejemplo y lo sigue haciendo, porque su legado será eterno. 

Una de las estrellas de una generación cuyo impacto seguirá siendo difícil de describir.

Abran paso para la Estrella

2005 fue un año clave para la carrera de Manu. Fue la temporada donde le mostró al mundo (especialmente a los Estados Unidos de América, porque en Atenas 2004 paralizó al Planeta y a todos aquellos que miraron a la Generación Dorada llevarse la histórica medalla dorada detrás de una increíble performance del bahiense) lo que era capaz de hacer.

Fue la temporada donde exhibió sin controles cada pedacito de su talento y astucia con un rol nominal en el equipo que finalmente ganaría otro título. Manu fue titular en los 74 partidos que disputó. Contra los legendarios Phoenix Suns de Mike D’Antoni, Steve Nash y Amar’e Stoudamire, Ginóbili tuvo lo que sería su máxima anotación de la carrera, con 48 puntos en una noche de enero que quedaría para el recuerdo.

De esa manera, Manu consiguió su ticket dorado a su primera participación en un All-Star Game. Acompañado de Tim Duncan y con una melena que en ese entonces brillaba en su cúspide capilar, el bahiense participó del Juego de las Estrellas en Denver, donde se anotó con 8 puntos en 21 minutos en un partido donde Allen Iverson se llevó el premio a Jugador Más Valioso.

Su actuación en los playoffs fue también increíble: promedió 20,8 puntos, 5,8 rebotes y 4,2 asistencias y en el último partido frente a Detroit, momentos antes de levantar el trofeo y habiendo metido 23 puntos (11 en el último cuarto) todo el público local explotó en un cántico que aún debe retumbar en su cabeza: “MVP, MVP”. Aquella votación para el más valioso de las finales ante los Pistons terminó 6-4 para Duncan. Cerca, muy cerca. Pero lo más importante estaba concretado: Manu era una estrella en un equipo campeón. 

El paso atrás para ir hacia adelante y cambiar un rol

Manu no sería Manu si no hubiera tomado esta decisión. Esto es lo que verdaderamente lo define. Lo que hizo cambió la perspectiva del básquet de la NBA para siempre. Cualquier jugador con su talento, característica y oportunidad para convertirse en una estrella hubiera elegido otro camino para su carrera. Pero él no.

Se le ofrecieron distintos puestos de trabajo en otros equipos para que pudiera demostrar todo su talento y mantenerse como una estrella. Pero Manu es, por sobre todas las cosas, un ganador. Siempre lo fue. Y los San Antonio Spurs eran su familia desde el primer día que pisó esta liga.

Habiendo entrado en lo que se denominaría su prime, es decir, su mejor momento, tuvo que finalmente tomar una decisión: irse de San Antonio en busca de más minutos, más dinero, mayor protagonismo y más fama o quedarse y ser el sexto hombre, para que los Spurs no pierdan su poderío en el momento que ingresan los suplentes. Es decir, ser el líder de la segunda unidad.

¿Cómo alguien con ese talento no quiere ser la cara de una franquicia? ¿Cómo no va a querer robarse todo el show en la NBA, la liga insignia en eso, y jugar los minutos que quisiera y, básicamente, ser y comportarse como una estrella? Excepto en la cabeza de Manu, hasta ese momento no entraba en ninguna. 

Entonces decidió quedarse en los Spurs, cambiando radicalmente su rol. La pelota ya no pasaría tanto tiempo en sus manos, no sería el principal ejecutor ni tomador de decisiones y pasaría a convertirse en el tercer mejor jugador saliendo de suplente. En el título de 2007, por ejemplo, no fue titular en ningún partido de playoffs. Pero aún así los Spurs reinaron por sobre todos nuevamente, y tener de líder de la segunda unidad a alguien de la calidad de Ginóbili era impagable. Y toda la NBA lo sabía.

En 2008 le llegó el premio al Mejor Sexto Hombre de la temporada, tras promediar 19,5 puntos (la mejor marca de su carrera), 4,8 rebotes y 4,5 asistencias en 31,1 minutos. Merecido desde todo punto de vista para alguien que cambió la forma de mirar un rol que no es para cualquiera.

Una redención para la historia

Manu Ginóbili pensó por primera vez en el retiro en 2013, después de la final perdida frente a Miami Heat. Aquel sexto partido en el American Airlines Arena se había clavado como una puñalada cuya herida no sanaba ni siquiera con el tiempo.

San Antonio se imponía por 3-2 en la serie frente al Heat de LeBron James, Dwyane Wade y Chris Bosh y lideraba el marcador por cinco puntos con 28.2 segundos, pero un triple de LeBron, un libre fallado de Kawhi Leonard y un triple de Ray Allen con cinco segundos en el reloj se confabularon para enviar al encuentro a tiempo suplementario. 

En desventaja por un punto en el overtime, Manu intentó un doble heroico pero perdió la pelota en una controvertida jugada que tanto el argentino como Gregg Popovich reclamaron efusivamente. Miami se impuso por 103-100, forzó el séptimo partido y se quedó con el anillo.

Las críticas hacia Ginóbili eran feroces por aquellos días. En San Antonio incluso se cuestionaban la continuidad de un hombre de 35 años con el cuerpo castigado por el paso del tiempo y las lesiones. Su producción no había sido buena ni en las finales del Oeste frente a Memphis Grizzlies ni en los cuatro primeros encuentros frente a la franquicia de Florida. Herido en su orgullo, respondió en el tercer encuentro con 24 puntos y 10 asistencias, pero en aquel sexto partido sumó nueve puntos, tres asistencias y ocho pérdidas, la máxima cifra de toda su carrera.

"Estaba muy inseguro", confesó sobre su gran cantidad de balones perdidos. 

Pero Manu no claudicó y encontró la redención, más personal que pública, un año después cuando se tomó revancha frente al mismo rival en la final. Ginóbili finalizó tercero en la votación para el mejor sexto hombre de la temporada y recuperó su posición como una pieza clave de uno de los mejores equipos de la historia de la NBA. San Antonio desdibujó al equipo de James, Wade y Bosh para sumar el quinto título de su historia, el cuarto de un Manu que celebró cubierto por la bandera argentina. 

"Estábamos más fuertes física y mentalmente. No íbamos a permitir que nos pasara lo que nos pasó el año pasado. Nunca se trató de Tony, de Tim o de mí, siempre se trató de ganar como un equipo. Habíamos sentido que teníamos el trofeo, lo estábamos tocando, y se nos escapó. Fue un verano duro, todos nos sentíamos culpables, todos sentíamos que habíamos dejado caer a nuestros compañeros. Pero trabajamos duro, peleamos en cada partido para tener la misma oportunidad. Nos ganamos este lugar y no lo dejamos escapar", reflexionó ya con su cuarto anillo en la mano. 

"Desde 2013 empezó a haber un cambio. Empecé a modificar mi manera de pensar, mi competitividad y demás. Por momentos la pasaba mal porque era un poco angustiante y no tenía paz. Lograr un gran éxito era simplemente lo que tenía que hacer. Y dura muy poco, no dura nada. Perderlo o hacer una macana sería una frustración, entonces pocas veces ganaba", reconoció tiempo después sobre el aprendizaje de aquella derrota en 2013. 

Como cierre ideal a su redención, Manu dejó una jugada para el recuerdo: su volcada frente a Chris Bosh es uno de los grandes momentos del argentino en la NBA. 

El cierre dorado

Manu, el ídolo que pocas veces plasmó sus sentimientos ante interminables demostraciones de afecto a lo largo de toda su carrera, no pudo contener las lágrimas. Después de dos décadas de izar su número cinco albiceleste como la bandera de un equipo histórico, Ginóbili se despidió en la derrota frente a Estados Unidos por 105 a 78 en los cuartos de final de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.  

Argentina disfrutó de la histórica columna vertebral de la Generación Dorada por última vez durante la edición 2016 del certamen que conquistó en Atenas 2004. Con Ginóbili, Andrés Nocioni, Carlos Delfino y Luis Scola todavía en pie, el combinado albiceleste cosechó triunfos frente a Nigeria, Croacia y Brasil en un memorable encuentro para clasificarse a los cuartos de final. El Dream Team estadounidense, con Kevin Durant, Kyrie Irving, Paul George, Klay Thompson y más estrellas entre sus huestes,  representó el final de Ginóbili, también de Nocioni, en la Selección. Fue una despedida a la altura de sus hazañas, justo frente al rival al lograron hincar por primera vez en la historia en Indianápolis 2002. 

El partido, la derrota, había sido apenas una excusa para rendirle homenaje al mejor jugador de todos los tiempos de la Argentina. La imagen de Manu se retransmitía en las pantallas gigantes del Arena Carioca I de Río y, aunque Ginóbili daba batalla, era evidente que el llanto estaba a punto de abrir las puertas de sus lagrimales. El homenaje se celebraba dentro y fuera de la cancha, por compañeros, rivales e hinchas. 

"Traté de no vivirlo como algo tan especial. Quería pasar inadvertido e irme con la cabeza gacha al vestuario, pero el mundo conspiró en mi contra para que eso no suceda. Primero Oveja [Hernández] -entrenador argentino- me dice que me va a poner de nuevo y después me saca para el aplauso; luego alguien aparece con la pelota y me hace volver a la cancha. Después mis compañeros, el afecto de la gente. Fue imposible contener la cordura, la serenidad, un poquito me quebré", explicó Manu después del partido. 

El público, rendido a sus pies por enésima ocasión, lo despidió con un atronador "olé, olé, olé, Manu, Manu" en el último de sus 104 partidos con la camiseta argentina mientras Manu, pelota bajo el brazo y toalla al hombro, se retiraba rumbo al vestuario.

"Millón de gracias por el increíble momento que me hicieron vivir anoche y por las incontables muestras de afecto y respeto", escribió el día después en su Twitter, una red social que volvería a ser protagonista tiempo después. 

Con la Selección Argentina, Ginóbili conquistó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y la de bronce en Beijing 2008, fue subcampeón en el Mundial de Estados Unidos 2002 y se consagró a nivel continental en 2001 y 2011, ambos torneos celebrados en Argentina. 

"Un jugador del Salón de la Fama y un competidor del Salón de la Fama. Es un competidor tan feroz como ningún otro que me haya enfrentado en mi carrera como entrenador internacional. Nunca ha habido alguien completamente como él. No ocupa una posición, sino que puede jugar en todas y con el corazón y la entrega que ha demostrado, nadie puede representar a su país mejor que Manu Ginóbili. Fue un honor competir contra él. Todo nuestro grupo tiene el máximo respeto hacia él", lo elogió Mike Krzyzewski, entrenador de Estados Unidos, como epílogo de una despedida lacrimógena.  

Una despedida legendaria

En la era de la globalización y las filtraciones inherentes a las redes sociales, pocos secretos modernos se han guardado tan bien como las decisiones de Manu Ginóbili sobre su continuidad temporada a temporada. 

La despedida que los hinchas de San Antonio le ofrendaron en el cuarto partido de la final del Oeste frente a Golden State en 2016-2017 parecía un adiós, pero Manu sorprendió al extender su vínculo por una temporada más. 

Doce meses después, el mundo volvía a estar expectante a la espera de su anuncio. El nivel que había mostrado durante la temporada 2017-2018, convertido en figura de unos Spurs que debieron sobrevivir sin Kawhi Leonard, auguraba su continuidad. Manu no había sufrido lesiones y #ElPibede40 todavía tenía hilo en el carretel. Pocos esperaban aquel mensaje que, por Twitter, recorrió el mundo en segundos el 27 de agosto de 2018:

"Sentí pulsaciones, incertidumbre. Pero el momento de preparar el enter para el tweet, tenía un reloj que mide pulsaciones y estaba que explotaba. Tenía mucho cagazo. Lo publiqué y me fui, pero algo me atraía, ver si lo había puesto bien", confesó tiempo después en una entrevista con La Nación.

Los últimos dos años de Manu en la NBA se convirtieron en una procesión obligatoria para los fanáticos argentinos. Ir a ver a Ginóbili en la NBA representaba La Meca de quienes idolatraban al escolta de los Spurs. Muchos viajaron a San Antonio, un destino improbable para quienes visitan Estados Unidos, en soledad o en tours organizados para ser testigos de Manu. El fenómeno despertó el interés de los medios locales: nadie podía creer la constante peregrinación albiceleste. 

Ginóbili ya no era aquel anotador formidable pero se mantenía como líder indiscutido gracias a su espíritu competitivo y ganador, su inteligencia y su carácter. Manu ingresaba y San Antonio cambiaba su semblante, especialmente en los momentos calientes. Con 41 años, Manu aún era capaz de decidir partidos como frente a Boston y Dallas o destacarse frente a los poderosos -y a la postre campeones- Golden State en playoffs.

Pocos esperaban el retiro de Ginóbili después de su última temporada. Todavía vigente, el mundo apostaba por su continuidad. Sin embargo, Manu decidió ponerle punto final a su carrera. 

"En mi cabeza, la temporada pasada fue en todo momento 'la última'. Nunca lo exterioricé porque no tenía ningún sentido limitar mis opciones, quería dejar la puerta abierta por las dudas que cambiara de idea o que siguiera sintiendo la fuerza física y mental que se necesita para afrontar una temporada de este estilo", escribió en su columna en La Nación.

Tras concluir la temporada, Ginóbili dejó pasar dos meses, se fue de vacaciones a Canadá junto a su familia y, tras su regreso, no sintió lo mismo: "Quería dejar una opción en caso que al volver a San Antonio algo me despertara el deseo de seguir y me volviera a llamar hacia la cancha, pero pasó lo contrario. Regresé y me puse a hacer pesas, agarré la pelota, miré a los más jóvenes entrenarse y romperse el lomo para estar bien para la pretemporada y a mí, sin embargo, todavía me dolían los últimos dos golpes de la temporada anterior. De a poquito me fui convenciendo de la decisión a tomar", argumentó. 

Tras apretar send y publicar su Tweet, Manu recibió el cariño automático del mundo entero. Las 30 franquicias de la NBA le dedicaron un mensaje en sus redes sociales. Las estrellas de la liga, desde los vigentes como LeBron James hasta los retirados como Kobe Bryant, también se rindieron a los pies de un hombre que resignificó el básquet en la mejor liga del mundo.

"¡Felicitaciones por tu infernal carrera, hermano! Fue un placer jugar contra ti a través de todos estos años. Temporada regular, finales, selección nacional, no importa, siempre fue un desafío. ¡El básquetbol debe agradecerte por el movimiento más usado ahora que es el 'Euro step'! Dios te bendiga, gracias por jugar de la forma correcta y por la competencia", escribió LeBron en su Twitter.

Manu será protagonista de un homenaje destinado para pocos: su camiseta, la número 20 que vistió durante 16 temporadas, será retirada. El techo del AT&T Center lo espera.