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Opinión: Antes del Mundial, a soltar el pasado para hacer justicia con el presente

Selección Argentina
El festejo tras el oro en los Panamericanos 2019. Getty Images

En Argentina, cuna del exitismo y de los cuestionamientos de ídolos, se puede encontrar una disciplina cuyo seleccionado consiguió lo más cercano a la unanimidad en cuanto a ponderar virtudes. La Generación Dorada, como nadie en la historia del país, estableció un sentimiento generalizado de idolatría total. Una idolatría que va mucho más allá de una medalla o una copa. El seleccionado masculino de básquet, ese equipo de los Ginóbili, Scola, Nocioni, Oberto y compañía, rompió el molde por el cómo. En el país de la viveza, la ventaja y el facilismo, este conjunto de maravillosas individualidades nos enseñó que la suma de todos es la mejor receta para el éxito colectivo. Lo que hizo fue con unos valores fundacionales que son ejemplo en un ámbito mucho más allá de una cancha.

Con la Generación Dorada no hubo grises. Fue un equipo que deslumbró literalmente a todos. Tan bueno es lo que hizo este grupo que, incluso, parece imposible dimensionarlo.

Más: Guía del Mundial de básquet 2019: grupos, planteles, figuras, partidos y más

Con el Mundial de China 2019 a punto de comenzar, los recuerdos de la GD están a flor de piel. Navegar por YouTube para chocarse con las memorias de aquellos triunfos es algo que eriza la piel. Pero, a horas del inicio de un nuevo Mundial, es momento de parar con esa situación. La Generación Dorada vivirá para siempre, pero ahora hay que enterrarla. Aunque cueste, hay que mirar hacia atrás como si nada hubiese pasado (no literalmente, por supuesto). ¿Por qué?

Porque es la hora de un nuevo grupo. Es la hora de otra Selección Argentina de básquet, un equipo que tiene al gran bastión de aquel grupo, pero así y todo hay que dejar de lado cualquier tentación de asimilarlo al pasado.

Por supuesto que no será fácil. Somos Argentina, una cuna de exitismo de la que nadie puede escapar. Estamos en 2019, una era completamente dominada por las redes sociales, por la viralización de opiniones de todo tipo. Hoy importa decir, mucho más que "qué decir" o "cómo decirlo". Importa ser viral. Dentro de esa dinámica, caer en las malditas comparaciones puede ser fácil. Y allí estará el mayor error a la hora de mirar a Argentina en el próximo Mundial.

¿Por qué habríamos de mirar a Facundo Campazzo o Nicolás Laprovittola esperando que exploten en la comunión perfecta entre Pepe Sánchez y Pablo Prigioni? Mejor dejarlos ser, que a su manera son los últimos MVP de la Liga ACB. ¿Por qué mirar a Luca Vildoza esperando una revolución desde el banco con la picardía y sabiduría de Alejandro Montecchia? Que Luca vuele, si por algo es un talento fantástico. ¿Por qué mirar a Nicolás Brussino con ganas de que asome una palomita de Manu? Hay que dejarlo ser, si tiene la capacidad y hasta llegó a la NBA.

Más: Guía de la Selección Argentina para el Mundial de básquet 2019: plantel, detalles, calendario y más

¿Por qué mirar a Patricio Garino o Gabriel Deck esperando ver a Chapu Nocioni y su versión guerrera con contagiaba a todos? Que Pato vaya, si así se convirtió en el motor defensivo que el equipo necesita. Que Tortuga también vaya, que así llegó a Real Madrid tras dominar en todos los lugares donde estuvo. ¿Por qué mirar a Marcos Delía con los ojos de Fabricio Oberto? Evitemos esa carga que se le puso desde su aparición, si de todas maneras se arregló para ser un obrero silencioso y vital en la estructura del equipo.

¿Por qué mirar a este equipo con el ojo exigente y con los colmillos listos si las cosas no se llegan a dar como la mayoría espera en cuanto a resultados? Si lo que hicieron los Dorados, maravilloso y sin igual, fue la excepción a nuestra historia y no la regla que se tiene que imponer para siempre.

Será difícil, porque el pasado es maravilloso y dulce. Pero hay que hacerlo. Hay que enterrar a la Generación Dorada antes de darle comienzo a China 2019. Porque las comparaciones son odiosas, y sobre todo porque este equipo renovado se ganó a su manera la chance de tener su primera gran prueba en el plano internacional. Así como aquellos Manu, Scola y Nocioni la tuvieron en Indianápolos 2002.

No, nadie dice que este conjunto llegará a la final. Pero que no queden dudas: hay sentido de pertenencia, hay calidad y talento, hay deseo de superarse e ilusión por empezar a escribir su propia historia como grupo. Una historia que, más allá de los resultados, tendrá una certeza: buscar la suma de las partes para, en conjunto, tratar de encontrar la mejor versión posible que permita mantener a Argentina en un alto nivel competitivo. A confiar, porque hay un camino que se está transitando con el "cómo" de bandera. Porque así lo enseñó la Generación Dorada.

Sí, esos Dorados que, de cierta manera, nos malacostumbraron desde los resultados. Pero que también nos enseñaron que, al final del día, el resultado es una anécdota. Lo que importa es el proceso, el trabajo durante el camino recorrido. Y este nuevo grupo se ganó, cómo mínimo, el beneficio de la duda. A dejarlos ser ellos mismos, a dejarlos equivocarse sin el cuestionamiento rápido como respuesta a un mal paso. Este grupo, más que nadie, quiere llegar a lo más alto, quiere escribir su propia historia. Que las cargas o las mochilas sin sentido queden para otro momento.

Las opiniones aquí expresadas no reflejan necesariamente aquellas de la NBA o sus organizaciones.

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