NBA

Los cambios en las reglas de la NBA en su historia a través de 10 jugadores (parte I)

Una de las cosas que hace especial al básquet es que es un juego que está en continua evolución. Los jugadores mejoran y se desarrollan a cada año que pasa. Más fuertes, más rápidos, más habilidosos y, en definitiva, más completos. Al contrario que otros deportes, en este las reglas no son algo estanco e inalterable al paso del tiempo. Si el juego evoluciona gracias al aporte de sus protagonistas, el libro de normas también. En ese sentido, la NBA históricamente ha estado a la vanguardia de los cambios en el reglamento, adaptándose a sus integrantes o tratando de reducir su capacidad de dominación en favor de la igualdad de la competición.

Mirar al pasado es hacer un complicado ejercicio de reflexión, la historia está irremediablemente adherida a un contexto, a unas características que definieron aquel tiempo. Tratar de aplicar los valores y las normas que rigen al presente, y por consiguiente que configuran nuestra visión del mundo, a tiempos pretéritos es un error. De ahí los problemas derivados a la hora de comparar jugadores de distintas épocas. Las reglas son aquello que dieron sentido a esas figuras, las normas que les permitían canalizar su talento para el juego.

El paso del tiempo no es sinónimo de evolución en positivo, pero en el caso concreto de la NBA sí ha terminado siéndolo, gracias al asentamiento del deporte profesional como una parte fundamental de la sociedad y la consiguiente mercantilización de este que han favorecido una progresiva mejora de las condiciones para el sector. De un plumazo se puede explicar de este modo más de 70 años de historia, del paso de una competición precaria, de mercados pequeños y sin apenas visibilidad a nivel a nacional a un gigante global que mueve millones de personas constantemente.

El mejor reflejo es el grado de detalle aplicado a las reglas que se fueron adoptando con el avance de las temporadas, primero pensadas en minar el influjo de aquellos que dominaban el juego, no extinguiéndolo, sino reduciendo su influencia. Más adelante pensando en mejorar el producto, hacerlo más atractivo al público, o bien cuidar los intereses económicos de una liga que pasó por momentos verdaderamente frágiles. En todo este proceso subyace la idea de que el juego lo hacen los jugadores, que son ellos quien permiten que el básquet siga creciendo y dando pasos hacia adelante, y, ante tal caso, la NBA solo ha podido aceptar ese cambio, hacerlo suyo y legislar en busca de un marco de actuación común.

Cambios en la normativa ha habido muchos desde que la, por entonces, BAA echase a andar en 1946 como una liga de 10 equipos, de los que solo han permanecido los Boston Celtics, New York Knicks y Golden State Warriors, estos con una relocalización mediante. Prácticamente año tras año se han dado modificaciones, adiciones o eliminaciones de reglas, algunas de conducta, algunas técnicas, pero las que aquí vamos a destacar serán las que afectaron al juego en sí, esas que fueron propiciadas por un jugador en concreto (o varios, si procede). Normas sin las cuales sería imposible entender la NBA tal y como la vemos a día de hoy.

Tiempo atrás (tampoco mucho) el básquet era un juego de gigantes. En la década de 1940, la media de altura en Estados Unidos rondaba el 1,76 y pocos eran aquellos que tenían la suerte de superar los 2 metros de estatura. En tal caso, aquellos serían quienes configurarían el juego de sus respectivos equipos por una simple cuestión de cercanía al aro. En un momento en el que la técnica, los balones, zapatillas y aros estaban a años luz de la actualidad, contar con un jugador de semejantes características resultaba un factor absolutamente diferencial.

Con 2,08 de estatura y un control de su cuerpo por encima de la media, George Mikan logró desplegar un dominio sinigual en los albores de la historia de la NBA a partir de la absorción de la NBL en 1949. El gigante de Illinois no encontró rival a su altura y capaz de mitigarlo en el inicio de su carrera profesional. 1.608 puntos en 81 encuentros en la NBL y 5.495 en sus primeros 196 partidos en la recién nacida NBA fueron suficiente para que la Junta de Gobernadores, tras la insistencia de Ned Irish, dueño de los Knicks, acordase duplicar las dimensiones del área restringida de 1,8 metros (6 pies) a 3,6 metros (12 pies) en 1952.

El objetivo no era otro que tratar de dificultar a Mikan la posibilidad de anotar, alejándolo del aro y ampliando la zona y, por tanto, del tiempo que podía pasar ahí el gigante. La regla de los 3 segundos ofensivos llevaba vigente desde 1935, pero hasta ese momento nadie se había visto menos perjudicado por aquella normativa y había conseguido desplegar un dominio semejante que Mikan. Por otro lado, el aumento de las dimensiones de la zona hizo que los jugadores de menor tamaño tuviesen más posibilidades de atacar la pintura al ampliarse el espacio.

Esto generaba un problema doble. Mientras este estaba logrando sumar éxito tras éxito (2 campeonatos en sus 3 primeras temporadas) y las opciones del resto de oponentes se iban reduciendo a cada año que pasaba, reduciendo la igualdad que siempre debe prevalecer. Contener a Mikan de algún modo resultaba un reto pues al mismo tiempo Mr. Basketball era un reclamo de aficionados enorme. Basta un ejemplo para ilustrar esto. Cuando los Minneapolis Lakers visitaban la ciudad de Nueva York lo habitual era que en los carteles promocionales no apareciese el nombre de la franquicia de Minnesota, sino el de Mikan, además de que la liga trataba de programar doubleheaders con otros conjuntos importantes aprovechando el viaje, añadiendo más público a las gradas.

Aquel cambio redujo considerablemente el aporte ofensivo de Mikan, que pasó de 28,4 puntos en 1951 a 23,8 en 1952, unos números que iría decayendo con el paso del tiempo, algo también se debió a las continuas lesiones y dolencias que sufrió con el avance de las temporadas. No obstante, los Lakers ganarían 3 campeonatos más, siendo esta la primera dinastía de la NBA.

Ver un partido de la primera época de la NBA es un viaje hacia lo desconocido, como atravesar un umbral donde solo hay sombras y nada parece seguir un orden definido. En un momento en el que los gigantes definían y configuraban prácticamente todo, comenzó a emerger una figura que se ganaría por sí solo la categoría de estrella. Casi como un espectáculo en sí mismo, Bob Cousy no portó el apodo de Houdini por puro azar, sino que fue un reflejo de lo que era capaz de hacer sobre una cancha de básquet, sobre todo con una pelota. El hijo de inmigrantes franceses desarrolló un control del esférico con su mano derecha que le permitió aventajar a todos sus coetáneos hasta hacer del dribbling un arte.

En la actualidad es imposible pensar en el básquet sin ser una perfecta secuencia de posesiones, compartimentadas en un espacio concreto de tiempo, como píldoras que dan sentido y dinamismo al juego. Sin embargo, en los inicios de la liga, pese a que los cuartos durasen lo mismo (12 minutos), no existía un límite estipulado para que un atacante realizase un tiro de campo. En otras palabras, no había reloj de posesión. El natural acto de capturar el rebote defensivo, salir corriendo para iniciar la transición y anotar en ventaja no tenía porqué ser así, ya que la mentalidad y la filosofía de juego eran bien distintas.

Como una extensión de sí mismo y siguiendo las firmes direcciones de Red Auerbach, Cousy acostumbraba a llevar a cabo interminables posesiones en los instantes finales de partido con el objetivo último de privar al oponente de la victoria. Como un eslalon sin fin, Cooz agarraba la pelota y comenzaba a driblar oponentes como si de fútbol se tratase, oponentes que sin éxito trataban de sustraerle la bola. La única alternativa que les quedaba a sus rivales era hacerle falta a la desesperada, enfangando el partido y haciendo de él un evento interminable.

Un claro ejemplo de esto sucedió el 21 de marzo de 1953 entre los Syracuse Nationals y los Celtics en donde Cousy anotaría 30 de los 50 puntos con los que treminó únicamente desde el tiro libre en una noche en la que se señalaron 106 faltas en total y se lanzaron más de 120 tiros libres. "Era peligroso para los fans, pues les generaba desafección por el continuo estancamiento del juego y faltas intencionadas en los últimos 4 minutos de juego", dijo Michael Podoloff, Presidente de la NBA en ese momento. "Estaban perdiendo interés".

A modo de prevenir que la NBA terminase por convertirse en una especie de balonmano de las alturas, desde el principal oponente de los Celtics en aquel momento, Syracuse Nationals, comenzó a buscar una solución a la problemática. Danny Biasone y Leo Ferris lograron convencer a la Junta de Gobernadores para considerar la implantación de una norma y una tecnología que terminaría salvando el básquet de sí mismo: el reloj de posesión. Se asumió que en un partido normal dos equipos podrían lanzar unos 60 tiros cada uno. Así, dividiendo los 48 minutos de juego por un total de 120 intentos y multiplicándolo por 60 (los segundos de un minuto) se jugaría a 24 segundos cada posesión. La fórmula para llegar a esa conclusión fue la siguiente: (48/120)*60=24.

El reloj de posesión trajo consigo un cambio de paradigma, pues ahora el juego pasaba a poder mesurarse a través de posesiones, la expresión mínima del básquet a nivel colectivo y cuyo final se marcaba a través de una conversión o un error en su intento (fallo o pérdida). Rápidamente la liga experimentó un aumento en su velocidad de ejecución, dinamismo y atracción para los aficionados que se tradujo en un aumento considerable de los puntos anotados en cada encuentro.

En la primera jornada de liga del 30 de octubre, 7 de los 10 equipos que jugaron aquella noche anotaron más de 90 puntos, un hecho no muy común y que pronto pasaría a ser algo cotidiano. Si en 1954 se habían producido un total de 132 partidos (de 648 posibles) por encima de los 90 tantos, en 1955 este dato aumentó exponencialmente hasta los 356, prácticamente la mitad de los encuentros disputados. En los años venideros comenzaría una explosión ofensiva que permitió el surgimiento de una nueva generación de manejadores que ahora eran también anotadores.

Probablemente solo haya habido dos jugadores lo suficientemente superiores al resto en el plano físico como para haber llevado el término dominio a un estadio que los coloca a años luz de distancia del resto. Mientras Shaquille O'Neal arribó en la NBA en un momento en el que ya se conocían modos de mitigar el impacto de un gigante de un modo legal (según el caso, ya ahondaremos en ello más adelante), con Wilt Chamberlain no había molde ni libro de instrucciones para parar semejante espécimen.

No es solo que el pivote fuese grande, siendo listado como un 2,16 metros, una estatura similar a la que ya se había dado en otros como Walter Dukes, Ray Felix o Chuck Share, sino que además era rápido y endiabladamente coordinado. Chamberlain podía poner el balón en el suelo, atacar de cara o de espaldas, jugar por encima del aro. Menos anotar tiros libres, The Big Dipper podía hacer de todo sobre la cancha.

Chamberlain era tan grande y rápido que los 3,6 metros que distanciaban el límite de la zona del aro se quedaban en nada en el momento que el pivote recibía. Tras 5 temporadas y casi 400 partidos a lo largo de los cuales anotó 3.000 puntos más que el segundo máximo anotador (Bob Pettit, 12.967), la NBA tuvo que actuar de oficio ante lo que parecía estar llamado a ser otro George Mikan.

La liga aumentó el área restringida de 3,6 metros a 4,8 (16 pies) en un intento por dificultar su dominio del juego. Aunque sus números descendieron, frenando en seco la cascada de puntos que había sumado en sus inicios, el repertorio técnico de Wilt se enriqueció notablemente, demostrando lo gran jugador que era y que se trataba de algo más que un físico dominante. El pivote añadió el tiro en suspensión, incluyendo proto-fadeaways, así como ganchos y un notable juego de fintas y pies que le fueron sumamente útiles en el ocaso de su carrera.

Cuando se mira al pasado con la óptica del presente se tiende a pensar que la limitada técnica individual de algunos de los protagonistas del juego tenía que ver más con su carencia de aptitudes, fuesen las que fuesen, que por una cuestión consecuencia de las normas predominantes. Una de las más importantes, y a menudo olvidadas por puro desconocimiento, han sido las reglas relativas al pique, al dribbling, al control del balón. Que Bob Cousy manejase la pelota del modo que lo hacía, más dando toques con los dedos que realizando todo el movimiento con la muñeca y la palma, tenía que ver con la normativa. O que el enorme talento para el uno contra uno de Jerry West quedase enclaustrado en un molde que no le dejaba expresarse tal y como verdaderamente era, como bien ilustra el siguiente ejemplo.

Los años sesenta fueron un momento de descubrimiento y gran evolución del juego en todos los sentidos, pero sería la década siguiente en la que el básquet alcanzó un momento de máxima autoexploración y creatividad, fruto de la interrelación entre los playgrounds y los jugadores NBA y la emergente ABA, la cual supuso una bocanada de oxígeno para la liga al largo plazo. La generación de manejadores inmediatamente posterior a Elgin Baylor y Oscar Robertson superó rápidamente a sus predecesores en cuanto a técnica individual se refería, iniciando un cambio progresivo y lento que supondría una verdadera revolución ofensiva en los años venideros. Protagonistas de un cambio cuyos méritos no les serían atribuidos, estando más bien enterrados por el irremediable paso del tiempo.

Al contrario de los tres ejemplos anteriores, en este no hubo como tal un cambio explícito de las reglas, sino en su interpretación y aplicación. La norma que nos compete a continuación es el acto conocido como carrying o palming, lo que comúnmente se conoce en castellano como acompañamiento, pero que en los años 60 y 70 no solo afectaba a manejar la bola desde abajo, sino también a los laterales. Una regla que impedía a todos los jugadores poder realizar movimientos en los que en el control de la bola interviniese la totalidad de la mano del manejador. Esto dificultaba enormemente cualquier cambio de dirección, de ritmo, pudiendo únicamente controlar el ratio en estático y dejando por prácticamente imposible los unos contra unos tal y como los conocemos en la actualidad.

Todo ello comenzó a cambiar con Archie Clark, un eléctrico base que inició su carrera en Los Angeles Lakers pero no sería hasta su llegada a Philadelphia 76ers y Washington Bullets donde realmente podría expresarse en su totalidad. Al jugador formado en Detroit se le debe el primer crossover moderno de la historia, dando pie al surgimiento de un movimiento que acabaría por impulsar a la NBA a una cima inexplorada, pero cuyo reconocimiento se le ha privado. Bajo el nombre de Shake and Bake, Clark logró ir cambiando poco a poco la interpretación del palming, haciendo que los árbitros fuesen cada vez menos estrictos, lo que rápidamente se contagió en el resto de la liga. "Su mano estaba bastante lejos de la pelota, un acompañamiento en el límite, pero los árbitros lo vieron como parte del juego", declaró en 2003 Butch Beard, ex jugador NBA en esa época.

"En nuestros días, los árbitros eran mucho más estrictos a la hora de calificar una violación palming en el crossover", declaró Clark a Sporting News. "A veces, incluso nos pitaban infracción si realizábamos un dribbling por la espalda. Ahora estos movimientos han evolucionado".

Al ejemplo de Clark, un verdadero jugador de culto, se le puede unir el de Earl Monroe con su reconocible reverso, los cambios de ritmo de Chuck Williams o los cambios por la espalda de Ted McClain. Gracias a figuras olvidadas de los setenta fue posible que, años más tarde, Tim Hardaway y Allen Iverson elevasen el crossover al siguiente nivel, dándole una categoría propia de admiración en el básquet.

El aporte de la ABA a la NBA es algo innegable. Una liga rebelde que evidenció que existía una forma diferente de entender este juego y que, además, podía ser algo divertido, más parecido a un espectáculo que a un serio y estoico deporte. El colapso económico y la consiguiente absorción de 4 de los equipos supervivientes trajo consigo un cambio notable en la NBA, aumentando su ritmo, mejorando en la calidad de sus partidos y contando (ahora sí) con los mejores jugadores del planeta.

Entre ellos, la principal figura que recaló en la competición fue Julius Erving, un alero revolucionario en todos los sentidos que le dio un nuevo prisma a su posición, tanto por aptitudes físicas, las cuales le permitían jugar muy por encima del aro, como por técnicas, dejando detalles únicos en sus finalizaciones. Junto a él, un elenco de voladores que configuró un panteón histórico en esta disciplina como pudieron ser George Gervin o David Thompson. Acostumbrados a dar espectáculo desde el calentamiento, los momentos previos al encuentro a partir de la temporada 1976-1977 se convirtieron en exhibiciones por sí solas. Ensayos que dejaban atónitos a los aficionados y que reunían a propios y extraños. Tal era la magnitud de los intentos de volcada de estos jugadores que los aros comenzaron a sufrir desperfectos, algo muy importante en un momento en el que la liga estaba sufriendo en lo económico, con varias franquicias alegando pérdidas millonarias y que la rotura de un aro podía significar un gran agujero en sus arcas.

Así, para la temporada 1977-1978 la NBA se vio forzada a implementar una multa de 25 dólares a cualquier jugador que al realizar una volcada durante el calentamiento se quedase colgado del aro, una norma que acabaría por extenderse a los partidos, llegando a pitarse técnica o incluso multas a aquellos que reincidiesen en su intento de finalizar con fuerza.

Junto a estos veteranos de la ABA llegó un joven gigante de gran corazón y fuerza desmedida, Darryl Dawkins, quien se ganó el apodo de Rim Wrecker (destructor de aros) a base de destrozar en más de una ocasión los aros de juego. Primero lo realizó en noviembre de 1979 en un partido ante los Kansas City Kings, obligando a parar el duelo, para menos de un mes después hacerlo ante los San Antonio Spurs. De este modo, la NBA tuvo que tomar cartas en el asunto, creando una norma específica para aquellos que destrozasen de aquel modo los aros.

"La regla contra colgarse del aro que supondrá una falta técnica y una multa de 100 dólares que se aplicará a cualquier jugador cuyo contacto con el aro y/o el tablero haga que este se rompa", dijo el comisionado O'Brien en 1979. "Cualquier jugador que cause que un tablero se rompa de la manera descrita anteriormente será expulsado inmediatamente del partido y, en ausencia de las circunstancias más atenuantes, será suspendido sin paga por al menos el próximo encuentro programado regularmente del club".

Paralelamente, esa decisión vino acompañada de una mejora en la tecnología de las canastas, en especial con los aros, lo que permitió una mayor absorción de impacto sin necesidad de que todo se viniese abajo. Esta tecnología quedaría obsoleta en el momento que Shaquille O'Neal pisó la liga, como era de esperar.

(Continua en la parte II)

Las opiniones aquí expresadas no reflejan necesariamente aquellas de la NBA o sus organizaciones.

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