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Historias de la Generación Dorada: La pelota de Manu Ginóbili

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Ginóbili en Atenas 2004 (Getty Images)

La Generación Dorada está plagada de historias mínimas que construyen al mito de uno de los mejores equipos de la historia. Más allá de consolidarse como una de las mejores formaciones de todos los tiempos, grabada para siempre en la memoria por su consagración en Atenas 2004 y sus victorias frente a Estados Unidos en Indianápolis y en territorio griego, el combinado argentino es una de las leyendas del deporte internacional.

Una de las claves del éxito fue la convivencia de las estrellas de la Generación Dorada. La buena relación entre todas las partes, más allá de rispideces que seguramente han solucionado internamente como cualquier grupo humano, fue uno de los pilares sobre los que se construyó el equipo campeón de los Juegos Olímpicos de 2004.

Fue justamente en Atenas, después de vencer a Italia en la final, cuando sucedió uno de los hechos más curiosos de la Generación Dorada. El equipo de Rubén Magnano vapuleó a Italia por 84-69 a Italia en la final con Luis Scola como máximo anotador con 25 puntos, además de 11 rebotes. Manu Ginóbili, cuarto mayor goleador con 19,3 puntos por partido, fue el MVP del certamen. Fue justamente Manu el protagonista de la curiosa anécdota.

Consumado el triunfo, Manu Ginóbili decidió quedarse con un recuerdo: no cortó la red del aro ni intercambió su camiseta con un rival. Manu, futura estrella de la NBA, quería quedarse con la pelota de aquel encuentro. Para tal fin, entregó la camiseta que había usado durante el encuentro. Ginóbili entregó su número cinco albiceleste para llevarse la pelota a casa.

Pero la pelota nunca llegó. Su destino es aún un misterio pero, con el tiempo, fueron apareciendo pistas sobre quién había sido el responsable de hacer desaparecer el recuerdo que Manu había atesorado.

La noche había empezado mal para Manu: en el medio de los festejos, el equipo se olvidó a Manu en el estadio: "Estaba haciendo una nota y había tanto ruido que se alejó y nos lo olvidamos. Llegó justo cuando volvíamos de comer en el restaurante y le pregunto de dónde venía, a lo que me responde: 'Hijos de puta, me dejaron'. Ni nos habíamos dado cuenta. Nos dimos hasta el lujo de dejar a nuestro as de espadas", recordó Fabricio Oberto sobre el arranque de esa noche en el libro Dorados y Eternos.

Fue una noche agitada para un equipo que celebró haberse convertido en leyenda. Después del triunfo, llegaron las celebraciones en un bar que liberó la barra a cambio de otra camiseta entregada por Manu Ginóbili. Carlos Delfino fue uno de los protagonistas: tras una salida entre corridas por las bromas que le había realizado a Gianmarco Pozzecco, figura de Italia y su compañero en Bologna, se tomó un taxi rumbo a la Villa Olímpica junto a Leo Gutiérrez y Andrés Nocioni.

"Llegamos a las cinco o seis de la mañana, comiendo sandía y sin ropa de la Argentina. Llegamos al departamento y estaba (Hugo) Sconochini -compañero de cuarto de Manu- esperándonos porque viajábamos juntos y ahí se produjo el episodio de la pelota", recordó Delfino en Dorados y Eternos.

La pelota de la final, la pelota del triunfo frente a Italia, la pelota del oro, estaba sobre la cama de Manu Ginóbili. Sconochini, Nocioni, Gutiérrez y Delfino la miraron, impoluta a la espera de su nuevo dueño. Pero uno de ellos decidió convertir a los cuatro en sospechosos: la pelota desapareció en un abrir y cerrar de ojos. "A mí no me correspondía. Jugué muy poco, fui un testigo presencial. Fui una de las últimas personas que vio la pelota arriba de la cama de Manu Ginóbili", se desligó Delfino.

Tiempo después, el culpable confesó: "En esa hora de la madrugada, el problema fue que habíamos ganado una medalla olímpica, estábamos de festejo y uno de festejo hace cosas raras. Yo entré a la habitación de Manu, no me acuerdo, yo no me acuerdo, desapareció la pelota de esa final que a Manu le habían regalado. Entré y, según testigos, pateé la pelota por el balcón. No se adónde fue a parar, no me acuerdo de haberla pateado. Sconochini fue el que le dijo a Manu lo que había pasado. Al prinicipio no me dijo nada, se enojó, pero con el tiempo me fue perdonando", recordó Andrés Nocioni, el verdugo, en el programa Podemos Hablar.

Manu no pudo quedarse con la pelota de Atenas 2004 pero tuvo revancha cuatro años después, cuando Argentina conquistó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008: Carlos Delfino, testigo del destino de la pelota de la final frente a Italia, agarró la pelota de la victoria frente a Lituania y se la alcanzó a Ginóbili, lesionado en las semifinales frente a Estados Unidos. "Me pareció que era bueno darle la pelota al Narigón después de tanto sufrimiento. Consideré que era un lindo gesto dársela a él", especificó en Dorados y Eternos en una anécdota que pinta de cuerpo entero a aquella inolvidable camada.

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